No sé si habrá en el arte urbano y el muralismo propuestas como la suya: se cuela en un edificio que sabe o intuye que van a tirar, toma medidas en distintos pisos y estancias, plantea después en casa su dibujo y siempre a hurtadillas vuelve al lugar del crimen para pintar sobre las paredes que quedarán expuestas con el derribo. El tiempo y una empresa de demolición hacen el resto. A veces pasan años. Como con su primera aparición, un enorme tenista-King Kong que vio la luz en dos plantas y cuatro habitaciones de un edificio de la calle Ferrocarril, en la muga entre San Jorge y Buztintxuri.