A lo largo de la historia, el arte ha sido uno de los lenguajes más profundos y duraderos con los que los hombres y mujeres hemos tratado de expresarnos. Mucho antes de que existieran los estados modernos o las declaraciones formales de derechos, las pinturas, las esculturas y la música ya expresaban nuestros miedos, creencias, y anhelos colectivos. El arte ha servido para celebrar el poder y también para cuestionarlo, para preservar la memoria y también para imaginar posibles situaciones. En ese sentido, su vínculo con la libertad de expresión es inseparable, ya que una sociedad que protege el arte suele ser también una sociedad que protege la palabra y la crítica. Sin embargo, esta relación se vuelve tensa cuando el arte deja de ser un medio de expresión para convertirse en el objeto de un ataque, incluso cuando quienes lo agreden lo hacen en nombre de causas que consideran justas.