No les dejaron trabajar en sus pueblos después del golpe militar del 36. De pronto, vieron que sus hogares –sobre todo, ubicados en la Ribera de Navarra, como Villafranca, Marcilla, Corella o Falces, entre otros– dejaron de sonar con el costumbrismo habitual y se volvieron incómodas, áridas y yermas. Y, entonces, no hubo otra solución que marcharse.