Para ser un buen escritor –y un buen abogado–, hay que saber “observar, escuchar, estudiar, aplicar los recursos técnicos y persuadir” de que aquello cuanto defienden –una historia, una persona, la inocencia de alguien– es verdad. De alguna manera, y pese a quienes no lo quieren creer, ambas profesiones –o artes– tienen mucho que ver en cuestiones de precisión, plasmar matices, condensar ideas o, en definitiva, utilizar la palabra precisa para que nadie quede indiferente con lo que se ha dicho y se ha contado. Esto es algo que el escritor Lorenzo Silva (Carabanchel, 1966) aprendió hace muchos años, después de concluir que “escribir no da de comer”. Así, estudió Derecho mientras hacía el servicio militar obligatorio con la conciencia de que se estaba “equivocando” porque aquella carrera no era su vocación. Pero tuvo que trabajar en una auditoría y ser asesor legal durante 12 años. “Ahí me reconcilié con el derecho y sentí que había acertado en mi decisión”, expuso ayer el autor en una charla en la sala de conferencias del Colegio de Abogados de Pamplona.