Se suele decir que las crónicas de las grandes batallas las escriben los vencedores. El ejemplo más claro lo tenemos en Waterloo. Esta aldea flamenca pasó a la historia solamente porque Wellington, que había instalado allí su cuartel general, fechó en este pueblo su documento de victoria sobre Napoleón, cuando, en realidad, el decisivo combate se desarrolló a cinco kilómetros de allí.