En la comedia de la antigua Grecia, esa de Aristófanes que tanto nos enseñó sobre la risa y el poder, existía un instante disruptivo llamado parábasis. En mitad de la obra, los actores se retiraban y el coro, en representación de la sociedad, avanzaba hacia el proscenio. Allí, despojados de la máscara, los ciudadanos debatían directamente con el público. Rompían la ficción para denunciar injusticias, señalar a los demagogos o proponer las reformas que la polis necesitaba. Era el momento en que el teatro se detenía para que la realidad tomara la palabra.