Europa quiere electrificar buena parte de su economía en las próximas décadas. La estrategia pasa por sustituir combustibles fósiles por electricidad renovable en transporte, industria y calefacción. Pero ese cambio tiene un punto débil evidente: la electricidad renovable no siempre se produce cuando se necesita. Ahí es donde entran las baterías. Estos sistemas permiten almacenar electricidad cuando sobra —por ejemplo, en las horas de máxima producción solar— y liberarla cuando la demanda aumenta o la generación cae. En otras palabras, convierten la energía renovable en una fuente gestionable, algo imprescindible para un sistema eléctrico cada vez más dependiente del sol y del viento.